En las sombras de la Glorieta de La Luna, donde el rugido incesante de los motores se entremezcla con el pulso indiferente de la ciudad, una luz diminuta se extinguió para siempre la tarde del 27 de agosto de 2025. Una niña indígena de apenas tres años originaria de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, dejó este mundo no en los brazos de un hogar seguro, sino bajo las ruedas de un camión de empaques que avanzaba inevitablemente cuando el semáforo cambió a verde. Su corta vida, marcada por la pobreza que obliga a los más vulnerables a danzar entre el peligro por unas monedas, se convirtió en un eco doloroso de las injusticias que acechan a miles de niños migrantes en México. La niña no era sólo una víctima; era un símbolo de la resiliencia rota, una "bebecita que bailaba y bailaba", como la recordaba

See Full Page