El tenis mexicano, que tantas alegrías generó durante las décadas de los años sesenta, setenta, ochenta y aún en los noventa, ha vivido una oscuridad terrible de la que pareciera difícil encontrar una salida, pero que, afortunadamente, me parece, comienza a verse un halo de luz, pequeño, pero, al fin, un poco de luz.
Si bien las glorias del añorado Rafael Pelón Osuna, así como del gran Raúl Ramírez, nos dieron innumerables satisfacciones, las últimas dos décadas han sido de decepción tras decepción, todo ello generado desde las, también, muy oscuras gestiones al frente de la Federación Mexicana de Tenis, situación que, lamentablemente, hoy continúa, con directivos que se han aprovechado del tenis sin generar nada que valga la pena relatar para sacar del letargo al deporte blanco de nuestr