La civilización, que inventamos para huir de las fieras, ahora nos protege hasta de las caminatas que podrían salvarnos. Antes, el hombre corría para cazar o para no ser cazado; ahora, la comida llega en motocicleta, con bolsa biodegradable y cubiertos que salvan al planeta mientras matan al comensal.
En zootecnia, un cerdo de engorda alcanza la gloria del matadero con 20 o 24 % de grasa. En el manual humano, un obeso intermedio bordea el 40 %. Los campeones olímpicos de la gula rozan el 50 %, sin otro entrenamiento que abrir la boca y girar la muñeca hacia la bolsa de frituras. El cerdo engorda por mandato biológico; el humano, por capricho existencial.
Del Homo sapiens queda la nostalgia y la foto en blanco y negro donde todavía se le ven músculos. Ahora somos Homo grasus: celebramos