Yo he visto la poesía dividirse.

No por forma.

No por rima.

No por escuela ni por siglo.

La he visto partirse como se parte la luz en un prisma:

negra, blanca, y —más tarde lo entendí— gris.

René Daumal en clase con El Prof. Arnaldo Jiménez me enseñó a mirar los extremos.

La poesía negra:

esa que se adueña del don,

lo convierte en espectáculo,

lo usa como máscara sin saber que invoca.

La poesía blanca:

esa que se despoja,

que sirve al misterio,

que no escribe para brillar

sino para callar más hondo.

Yo he sentido ambas.

He sido ambas.

Pero no me quedé allí.

Yo habito el gris.

No como síntesis.

No como conciliación.

Sino como zona de tránsito.

La poesía gris es mi casa.

Allí el artificio no es vanidad,

sino herramienta ritual.

Allí el silencio no es pureza,

si

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