Tengo el whatsapp lleno de muertos. Algunos permanecen en su puesto de la agenda como vigías impertérritos, aunque sus cenizas volaran hace años, sacudidas por los elogios de sus despedidas publicadas en las redes. Otros se resisten a caer en el olvido y observan mi estupor al recorrer sus nombres y sus rostros inmóviles, encerrados en esas fotos con las que parecieran pretender aferrarse a la vida de los recuerdos.

Me pregunto por qué no los borro, porque conservo sus últimos mensajes, como si esperase uno más, quién sabe si de ese mundo de detrás del espejo de la vida. Y mis propias respuestas son extrañas. Los mantengo «vivos», por no matarlos.

Dejo sus nombres en el listado por respeto, por ese cariño antiguo que no quiero que expire como lo hicieron ellos. Por no olvidar las risas y

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