En los cafés La Peña y El Águila de la Capital tinerfeña se reunían, tiempo ha, tertulianos de cosas que en la actualidad aburrirían, aunque seguro que las conversas no atrofiaban la testa ni secaban el mar con baratijas. Las locuras no necesitaban diván, se gastaban en amores, creaciones y sueños románticos. La Luna creciente era Luna y no uña cortada. La libertad política que no existía se reivindicaba entrelíneas y con pasquines de alborada. La libertad política del veinticinco, en cambio, transpira serrín. Es una frívola relación abierta sin conceptualismo. No ha lugar escapar por la ventana a trompicones.

La palabra añora la naftalina, tener tiempo de escucha y lectura. La palabra manoseada se pierde en ruidosos bajantes de aguas insulsas. Letras doloridas gimotean en la desgana y el

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