A dos cuadras de la casa en la que viví mis primeros diez años, en Lanús, había un potrero. A la pelota solíamos jugar en la vereda o en la calle (había pocos autos). Llegar al potrero era una instancia superior que nuestros padres nos permitían con cierta desconfianza. “Te pasa algo y no salís más”, era el saludo amenazador de nuestras madres antes de autorizarnos a ir a jugar al potrero. Ese terreno baldío no solo se convertía en lo más parecido a una cancha de fútbol a la que podíamos aspirar (la plaza más cercana quedaba a ocho o nueve cuadras, del lado de Avellaneda) sino que alimentaba también nuestras fantasías de aventuras violentas.
A un costado del potrero había un terraplén con una importante cantidad de piedras, cascotes, algún tornillo herrumbrado. Con mis amigos no se nos oc