En cada sociedad, la imagen es más que un reflejo externo. Es un puente invisible entre lo que somos y lo que proyectamos. No hablo sólo de la apariencia física o del estilo personal. Hablo de la imagen integral: esa combinación de valores, coherencia, lenguaje verbal y no verbal que revela —o traiciona— la esencia de una persona.

Carl Jung decía que todos llevamos una “persona”, la máscara social que mostramos al mundo, y una “sombra”, esa parte interna que a veces escondemos. La imagen auténtica surge cuando ambas se alinean. Cuando la máscara no es disfraz, sino espejo de convicciones profundas. En la vida pública y privada, distinguir esa congruencia es clave para construir sociedades que confíen y avancen.

Hoy, en tiempos de redes sociales y tecnología, la imagen puede crearse en se

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