El 30 de noviembre de 2001, en Zulia, Norte de Santander, la tierra recibió a Belén Karina Durán Ortiz. La pequeña, al nacer, no fue un simple destello en la vastedad del universo, sino un presagio, una figura de oscuridad y luz entrelazadas. Desde su primer aliento, el mundo pareció volverse aún más incierto, como si ella trajera consigo la carga de aquellos que se encuentran predestinados a desafiar las sombras del destino.
Crecer en la cálida y enigmática vereda La Ye de Astilleros fue como alimentar el alma de una joven con la quietud y el misterio que sólo el campo puede otorgar. Entre las colinas y los vientos del río, Belén percibió que el eco de su existencia no sería fugaz, sino que resonaría entre las almas perdidas, abrazando la justicia como su única misión.
A los 18 años, tr