Desde los pasillos del Colegio Colombo Gales, al norte de Bogotá, Ana Margarita Suárez Gutiérrez repetía siempre la misma idea: cuando terminara el bachillerato estudiaría medicina. Lo decía con la convicción que solo tienen los adolescentes que creen tener el futuro bajo control. Desde niña se imaginaba con bata blanca, recorriendo hospitales, sanando vidas. Pero la vida, caprichosa, tenía otros planes.
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Se graduó en el año 2000. Ese mismo año, todo lo que había planeado se derrumbó. Se presentó a varias universidades para medicina y no pasó. Cuando por fin logró aprobar los exámenes de admisión en una institución privada, se topó con otra pared: sus padres no podían costear los estudios. Era un sueño que parecía alcanzable y, de repente, se volvió inalcanzable.
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