No importó la lluvia. Tampoco el suelo mojado, que por lo general dificulta el pedaleo en las bicicletas de carbono para escalar. A Jonas Vingegaard solo le interesaba una cosa el domingo en la octava etapa de la Vuelta a España: recuperar el liderato de la clasificación general, o intentarlo. Por eso desde que faltaban ocho kilómetros para la llegada a Zaragoza, donde terminó la fracción, apretó los piñones, aceleró el paso.

En pocos metros abrió un hueco con Joao Almeida, que lo perseguía. Vingegaard, delgado y blanco como siempre, pero con el rostro con una expresión demacrada por el esfuerzo sobrehumano que hizo para intentar acortar la diferencia de más de dos minutos que le sacaba Torstein Traen y vestirse de rojo. Las gafas mojadas. Gotas de sudor, pero también de lluvia cayéndole

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