Hablar de Carlos Alberto Valderrama Palacio (Santa Marta, 1961) es mucho más que evocar a un futbolista excepcional como pocos en la historia; es traer a la memoria un pedazo de la identidad colombiana , una figura que trascendió el ámbito deportivo para convertirse en un símbolo de alegría, de talento puro y de esa capacidad para hacer de la organización de juego, un arte. Su imagen, con esa melena rubia albina que se movía al compás de su trote, de sus regates y esa calma aparente que escondía una visión de juego fuera de lo común, queda grabada a fuego en la retina de cualquier persona que haya seguido el fútbol en las últimas décadas. Valderram a es parte indisociable de una era.

Pero detrás del personaje mediático, del ídolo de multitudes, de la estrella del fútbol

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