La condena ha llegado. Después del espectáculo, el telón a un juicio que ha sido, sin discusión, lo más entretenido que nos ha ofrecido la España oficial –geolocalizada en Chamberí, Moncloa y aledaños– en las últimas semanas. Y no porque se esperara nada edificante, sino porque quienes creían haberlo visto todo de los poderes del Estado y la decadencia de la alta burocracia estaban en un error: faltaba esto. Y la biografía del rey emérito, claro, que no todo ha de ser diversión.
Les aseguro que he seguido el proceso casi hipnotizado. Ver a ciertos juristas altivos, de mirada glacial como rodaballos enojados, liarse a puñaladas entre ellos, ha sido iluminador. Allí estaban, en esos estrados lúgubres del tiempo de Isabel II, con togas y puñetas capaces de hacer parecer a cualquier bribón de

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