Como escribió Lipovetsky en un libro de icónica portada, en los ochenta iniciábamos la era del vacío. Fue entonces cuando empezamos a perder el sentido de la historia y a aligerar cargas del pasado. Los envoltorios se llenaron de palabras que evocaban la necesidad de desprendernos de lastre: free, cero, sin . Hoy, hasta disciplinas que nunca imaginarías sin aspiran a esta amputación indiscriminada. Por ejemplo, la crianza.
Por un amigo, supe ayer de la tendencia llamada “educar sin el no”. “Pon que tu niño está a punto de lanzarse a la calzada y ves llegar un patinete. No digas ‘no’. En su lugar, dices con sosiego: ‘¿Has pensado que tal vez sea mejor parar un momento antes de cruzar la calle?'’’. Mi imaginación se dispara: el niño no ha oído nada (por el tono sosegado) o se ha lanzado

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