Hay lugares donde llorar no exige dar ninguna explicación. El cine es uno de ellos: un espacio colectivo donde cada lágrima conserva su intimidad. Si asoman, casi nunca es por lo que ocurre en la pantalla, sino por algo que la película activa o desplaza. En la sala oscura –con desconocidos respirando cerca, con la luz reducida a un rectángulo– la emoción puede aflorar sin sentirse vigilada. Allí nadie pregunta, nadie interpreta.
Biológicamente, somos una anomalía: los únicos animales que, al emocionarnos, vertemos lágrimas. Y las lágrimas emocionales no son iguales, en su composición, a las que el ojo produce para lubricarse –las basales– o como reacción a un irritante: las reflejas. Cuando se amplían bajo el microscopio –como hizo la artista Rose-Lynn Fisher–, muestran un dibujo singular

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