El exasesor político desgrana en su último libro, 'La hora de los depredadores', un orden global dominado por la lógica de la violencia y la alianza entre tecnócratas y ultraderecha: "Muchos estadounidenses parecen no darse cuenta de que en tres o cuatro años puede que ya no vivan en un sistema democrático"

La ultraderecha, contra los medios públicos: “Es una forma de disciplinar a quien ponga en duda sus valores”

A finales de agosto se estrenó en el Festival de Venecia El mago del Kremlin, la adaptación cinematográfica del best seller de Guliano da Empoli (Neuilly-sur-Seine, 1973), aunque habrá que esperar hasta enero para ver a Jude Law en los cines caracterizado como Vladímir Putin. El apasionante relato de ficción sobre el poder en la sombra en Rusia ha sido traducido a más de 30 idiomas y solo en Francia vendió cerca de medio millón de ejemplares. La novela, publicada en 2023, ganó el Gran Premio de la Academia Francesa y el Goncourt, y ha convertido al escritor franco-ítalo-suizo en una estrella del firmamento literario y en autor de cabecera de los políticos europeos.

Porque Da Empoli pone el foco en lo que se cuece entre bambalinas, lo que no vemos, sean los pasillos del Kremlin, los de la Casa Blanca o el Palazzo Chiggi –como en Los ingenieros del caos (Oberon)– o los de la ONU, donde comienza su último ensayo, La hora de los depredadores (Seix Barral). Sus años como asesor político han llenado su prosa de multitud de imágenes y anécdotas a través de las cuales explicar el ascenso de los populismos, la alianza entre los tecnócratas y la extrema derecha o un presente plagado de violencia en el que gana no quien piensa y reflexiona, sino quien se mueve “con mayor decisión, de la manera más agresiva y sorprendente”. Da Empoli dejó la política –“me pareció un poco frustrante como experiencia”– pero se sumerge en ella en cada párrafo, en cada respuesta durante la entrevista. Salta de Maquiavelo a Javier Milei, Trump o Mohamed bin Salmán trazando un horizonte lúcido, a ratos distópico, pero nunca desesperanzador: “El margen de acción que tenemos es mayor de lo que pensábamos”.

En el libro sostiene que los políticos quieren creer que su trabajo es similar al que se ve en series de televisión como The West Wing o incluso House of Cards, pero que la mayoría de las veces se parece más a Veeps.

Creo que el encanto y la dificultad de la política residen, precisamente, en que hay distintas dimensiones del trabajo. Unas bastante heroicas e históricas y otras triviales, que pueden cambiar según los momentos, las situaciones y los personajes. Y todas ellas están en estas tres series: una parte en cierto modo virtuosa en la que se intenta hacer cosas, una parte maquiavélica en la que hay intrigas y una gran parte de absurdo, de cosas imprevistas, a veces ridículas.

Sánchez y Meloni son políticos profesionales, todos los demás parecen unos aficionados

También dice que la política es una profesión que te expone constantemente a parecer idiota, sobre todo cuando no lo eres. ¿Por qué?

Creo que es el resultado de la combinación entre el hecho de ser constantemente examinado, expuesto a la mirada de una cámara, de un teléfono y, sin embargo, no poder decir las cosas con franqueza o justificar tus acciones, porque muchas cosas en política no se pueden decir. No porque sean ilegales, sino simplemente porque la lógica de la política y la diplomacia impide decirlo todo. Por eso, a menudo, da la impresión de que las cosas se hacen sin motivo, de forma irracional o estúpida. Y luego está la velocidad. Si todo se mueve tan rápido que es fácil cometer un error tarde o temprano.

¿La sociedad no valora el trabajo de los políticos?

La profesión política ya no se considera ni siquiera una verdadera profesión, sino una actividad un poco parasitaria. La política consiste en gran medida en intentar encontrar compromisos, en conciliar situaciones. Creo que, en su acepción más noble, la política es lo que debería impedir que estalle la violencia entre personas y grupos que están en desacuerdo. Pero muy a menudo no lo consigue, y entonces la gente considera que el sistema político no funciona, lo cual es bastante cierto en muchos casos. Es un poco como una espiral, porque cuanto más se devalúa el papel de la política, menos atrae a las mejores personas para ejercerla.

¿Qué impresión le causó Pedro Sánchez en el encuentro que mantuvieron?

No suelo hablar de mis reuniones privadas, como era este caso. Sánchez es claramente un político muy hábil, porque consigue gobernar en condiciones muy difíciles y con mayorías bastante precarias desde hace muchos años, y en gran contraste con el resto de la situación europea.

Me parece interesante que quizás los dos únicos políticos profesionales que hoy siguen en los grandes países europeos sean tan diferentes ideológicamente: Pedro Sánchez y Giorgia Meloni. Con agendas diferentes, líneas políticas y culturales opuestas, ambos demuestran que la profesionalidad política cuenta para administrar un país, para gestionarlo.

Yo llamo a Italia la Silicon Valley del populismo, porque es el lugar donde se han hecho más experimentos con nuevas formas políticas

Todos los demás parecen unos aficionados desorientados. Tanto en Alemania como en Inglaterra e incluso en Francia, los que gobiernan no son políticos profesionales y tienen muchas dificultades para aprender lo básico, me parece.

Muchas veces se relaciona el auge del populismo con la irrupción de políticos no profesionales que reivindican estar ‘fuera del sistema’ o de ‘la casta’. En este sentido el caso de Italia es particular porque el gobierno de características populistas y de extrema derecha llega de la mano de una política ‘de toda la vida’.

Ella era lo suficientemente outsider, porque venía de un partido de extrema derecha que nunca ha estado en el poder y pudo presentarse como desde fuera del sistema, que es algo que el electorado italiano valora desde hace muchos años. Yo llamo a Italia la Silicon Valley del populismo, porque es el lugar donde se han hecho más experimentos con nuevas formas políticas. Pero el caso es que Meloni es una militante política y una profesional de la política desde hace 30 años, desde que era pequeña. Incluso fue ministra hace 20 años en un Gobierno de Berlusconi. Creo que ser profesionales de la política hoy es un obstáculo para llegar al poder. Pero cuando se consigue llegar, es una ventaja saber cómo funciona en lugar de ser un outsider que descubre por primera vez desde la cima qué es la política.

¿El presidente de El Salvador, Nayib Bukele, es el mejor orador actual?

No digo que sea el mejor, digo que es un orador político eficaz. Lo vi hablar en la ONU y me impresionó bastante su discurso. Decía: “Ustedes me acusan de haber encarcelado a miles de personas, pero yo les digo que, en realidad, he liberado a millones de habitantes de El Salvador que hoy pueden salir por la noche a la calle sin miedo a ser asesinados”. El discurso es bastante breve, de unos 15 minutos, y desde el punto de vista retórico y oratorio está bien escrito y también bien pronunciado.

Bukele es el modelo de depredador más exitoso hasta ahora, precisamente por obrar este milagro de cumplir lo que prometía: la caída de la tasa de homicidios en el país, que era el más violento del mundo y que hoy ya no lo es. Me parece interesante observar el modelo puro del depredador también para comprender cómo se lo puede combatir.

¿El crecimiento de la ultraderecha también tiene que ver también con una cuestión generacional?

Está claro que en la forma de presentarse y en la forma de comunicarse de personajes como Bukele, quizá incluso en el enfoque de las cosas, hay un efecto generacional. Y, por supuesto, en esta velocidad extrema, el mensaje muy directo, sin intermediarios, y la idea de que no hay límites, de que la realidad se puede moldear a tu antojo –con una gran contribución de las plataformas digitales–.

¿Esto se ve también en el apoyo del electorado más joven a Javier Milei en Argentina?