Hace más de una década, me topé con unos jefazos que tenían la costumbre de acabar sus almuerzos pasadas las cinco de la tarde. Sus sufridas secretarias reservaban en privados de cotizados restaurantes, así sus señores disponían de una cueva donde estar a sus anchas. De vuelta al despacho, traían un olor rasposo que oscilaba entre el regustillo del coñac y la ceniza fría del habano. Ni siquiera se esforzaban por evitar el sopor de tres horas clavado en sus cuatro tenedores; el grosero bostezo derivaba en un ánimo irascible.
La querencia por aislarse del resto tuvo su auge en la España del pelotazo, que normalizó el privé para cerrar negocios. En las antípodas de los espacios diáfanos y acogedores de nuestros días, el reservado es puro siglo XX. Lo demuestran las fotos de El Ventorro, re

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