Señor ministro de Transportes, algunas personas, desde que conocimos su plan de acelerar un poco más el AVE Barcelona-Madrid y viceversa, estamos inquietas. Sospechamos que el asunto se nos volverá en contra, existencialmente hablando. Algo nos dice que no nos hará más felices. Así que preferiríamos que lo dejaran como está. Agradecimos la llegada de la alta velocidad, claro. Pero no necesitamos más. Hemos atravesado alguna clase de límite –humano tal vez–, que provoca que casi cada avance que se nos endosa, especialmente en temas de velocidad, en vez de ahorrarnos tiempo, nos lo roba. Es un extraño fenómeno. Los elementos se confabulan para estrujarnos. La velocidad nos acorta la vida.
Esos 30 minutos que pretende usted ahorrarnos acabarán produciendo la ilusión de un tiempo productivo.

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