Mi mamá murió joven, a los 50 años, cuando yo apenas tenía 11. Como mi mamá y mi papá estaban separados, y la presencia de mi papá siempre fue inconstante, mi abuela, mis hermanos mayores y mis tíos pasaron a hacerse cargo de mí. Me criaron como pudieron mientras le ponían el cuerpo a la tristeza e intentaban reorganizar una familia destrozada por la tragedia.
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A partir de ese momento, mi tía y mi tío se convirtieron en el ejemplo más cercano de familia para mí: un matrimonio, con 30 años de convivencia y tres hijos, que durante un tiempo largo me adoptaron un poco como su hija y yo me refugié en ellos como si fueran mis padres. Empecé a ir todos los fines de semana a su casa, y varias veces me llevaron de vacaciones.
En el verano de 1999, cuando tenía quince años, fuimos c

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