Guillermo Arreola Ciudad de México / 28.11.2025 15:54:41
Intento decir algo y enseguida me arrepiento. Ando entre las ramas. Es que me subyuga el silencio-cautela del cazador, el silencio del que busca errante su propia imagen. Meto la llave en la puerta de la noche para dar entrada a mi hora predilecta: el aura, ese viento suave proveniente del océano y su fondo. Entra el aura y su melliza la aurora. Me miran fijamente. Me inquieren. Murmuran mi nombre, Guillermo, me piden deslindarme de un tocayo que feneció al tacto con la luz del sol, y que era vampirísimo y más taciturno que yo.
Soy culpable de desear la gemelidad de almas, añoro el alma que diga con música lo que yo no alcanzo a decir más que por vía de imágenes, estáticas o crucificadas en superficie: la vida pintada, es decir

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