Si les pido que cierren los ojos por un momento y evoquen a un músico que culmine en la suma de sensibilidad, destreza, composición, improvisación y una voz sublime, apuesto a que muchos pensamos en él, el infinito y sensacional Joaquín Talismán .
Tal vez, subir desde muy crío hasta la terraza de su casa en Santa Eulalia para mirar las pruebas de sonido de las bandas que, más tarde, darían un show en la Plaza de Toros , tuvo algo que ver a la hora de elegir la bendita profesión por la que se decantó: ser músico.
Así que no se lo pensó dos veces. Sus padres accedieron gustosamente que ingresara en el Conservatorio que marcó sus directrices y perfeccionó en las formas hasta que surgió la magia: el rock’n’roll irrumpió en la vida de aquel adolescente de los años 70.
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