Cuando evocamos a Adam Smith, tendemos a asociarlo de inmediato con una defensa emblemática del libre comercio y con su crítica clara al mercantilismo, el sistema económico dominante en la Europa de los siglos XVI al XVIII.
El mercantilismo sostenía que la riqueza de una nación dependía de acumular oro y plata mediante un fuerte control estatal del comercio exterior, restricciones a las importaciones, monopolios y privilegios a favor de ciertos sectores específicos para su protección.
Smith cuestionó esa lógica, porque argumentaba que distorsionaba la competencia y frenaba el crecimiento. Aun así, incluso él advertía que la apertura comercial no podía ser abrupta e indiscriminada.
Una lectura atenta de su obra La riqueza de las naciones muestra que el “padre del liberalismo” alertaba qu

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