La salud es un valor clave de la prosperidad, aunque rara vez se reconozca en forma explícita. Ninguna sociedad sostiene la educación, la productividad, la ciencia o la democracia si su población carece de la capacidad biológica para ejercerlas. La salud condiciona la libertad y la dignidad, pero su ausencia en la historia es notable. Incluso en la Grecia antigua, donde surgió la reflexión más clásica sobre la buena vida, la salud no estuvo como un derecho.
Aristóteles vinculó la felicidad con la virtud y la racionalidad, pero no con la salud del cuerpo. En cambio, es en la tradición materialista —Demócrito, Epicuro y, más tarde, la síntesis poético-filosófica de Lucrecio en Roma— donde surge con claridad la intuición fundamental: la vida humana depende de la estructura física y emocional

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