Lejos quedan aquellos tiempos en los que los hooligans más radicales sembraban el caos en las calles de Barcelona.

Fueron unos años, de principios de los 80 a mediados de los 90, en los que los grupos ultras -- Boixos Nois en el caso del FC Barcelona; y las Brigadas Blanquiazules en el del RCD Espanyol-- se movían por la ciudad como mareas violentas, sin apenas oposición efectiva.

Los cuerpos policiales los perseguían, sí, pero carecían de una herramienta jurídica que permitiera limitar su capacidad de acción, sancionarlos de forma inmediata o impedirles el acceso a recintos deportivos.

Todo cambió en 1992 con la entrada en vigor de la Ley del Deporte ; y más tarde, en 2007, con la ley contra la violencia, el racismo, la xenofobia y la intolerancia en el deporte.

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