El valenciano llegaba con la peor marca de los finalistas y demostró que puede luchar por las medallas y por el récord de España en el Mundial de Tokio
Quique Llopis lleva tres semanas enclaustrado en el Centro de Alto Rendimiento de Sant Cugat, en Barcelona , lejos de su casa, en Bellreguard, al lado de Gandia (Valencia). Allí pasan los días despacio sin muchos más alicientes que entrenar, comer y dormir. En los ratos libres, la consola y un par de libros. En sus manos ha caído Hábitos Atómicos , el ensayo de James Clear que lleva más de cuatro millones de ejemplares vendidos y que, desde hace meses, se lo están leyendo, uno detrás de otro, los mejores atletas españoles. El valenciano espera encontrar ahí otro camino para pulir los pequeños detalles, ínfimos, que le separan ya de los