La capital de España es la Villa de Madrid. Al menos, eso afirma el artículo 5 de la Constitución. No obstante, en el siglo XVII, un ambicioso noble consiguió que durante cinco años la capital del país se desplazase a Valladolid para poder enriquecerse con un esquema de especulación inmobiliaria que nos recuerda inevitablemente al especulador profesional Jesús Gil y sus tramas en la costa andaluza.
El noble que urdió este plan fue el Duque de Lerma (1553-1625), uno de los mayores arribistas de la historia de España. Y es que Francisco Gómez de Sandoval-Rojas y Borja, como era su nombre completo, ya había acumulado bastante mala fama durante el reinado del ilustre Felipe II a finales del siglo XVI. El propio rey, aconsejado por su corte, trató de alejar al Duque de Lerma de su hijo Felipe