De insulto en insulto, llega un momento en que se agotan las palabras y hay que pasar al acto. Esa es la dinámica, irrefrenable, de la violencia. De sus formas.
Los desmanes que se vieron en una Facultad -de Derecho, para colmo- son un reflejo de los desmanes que tuvieron lugar en el recinto de uno de los tres poderes del Estado. En el Parlamento que, como su nombre lo indica, es el lugar de las palabras. El Congreso es un lugar de confrontación, sin duda, pero no con insultos, mucho menos con golpes. Es, debería ser, el sitio por excelencia de la confrontación de ideas.
Pero si los jóvenes ven que los legisladores intercambian insultos en una escalada que parece no tener fin, y que en algunos casos llevó a amagues de agresión física, toman eso como ejemplo y, en vez de discutir ideas