Por Clara Bozzano (*)

En las últimas elecciones, millones de argentinos y argentinas depositaron su confianza en Javier Milei. Lo hicieron con la esperanza de que algo cambiara, de que se terminara con los privilegios de la política y de que, finalmente, llegara un rumbo distinto para el país. Era un voto cargado de expectativas, un voto que expresaba cansancio frente a promesas incumplidas y que buscaba un horizonte mejor.

Sin embargo, a pocos meses de gobierno, la realidad muestra un escenario muy diferente. Los hechos desmienten los discursos de campaña: la corrupción, los negocios entre amigos, las designaciones a medida y los contratos irregulares forman parte de una práctica que Milei había prometido erradicar, pero que hoy se profundiza en su propio espacio.

La primera gran contr

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