A mí, personalmente, me tocó en el 2017. Por primera vez crucé aquel famoso puente que se había convertido en el mayor símbolo del fracaso del modelo político venezolano o, peor aún, de la política de represión de un régimen que convirtió la crisis humanitaria en una política de Estado.

Ese año lo atravesé en ambos sentidos, trabajando en la Comisión de Frontera de la Asamblea Nacional y soñando con una ley binacional de fronteras. Lo que no sabía era que, al año siguiente, ese mismo puente levantaría un muro que me impediría volver a casa.

En 2018, un 8 de marzo, llena de miedo, volví a sentirme segura en Cúcuta. Con lágrimas en los ojos, pero con la posibilidad de caminar en libertad, inició un nuevo capítulo en mi vida. Entonces entendí en carne propia lo que significaba una población

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