Decirle “gilipollas” a alguien puede sonar a una simple ofensa barrial, pero detrás de esa palabra hay una historia digna de un guion de Netflix . De acuerdo a la explicación de la Real Academia Española , es un adjetivo malsonante que refiere a una persona necia o estúpida. Lo curioso es que su origen no está en la calle, sino en los pasillos del poder.
En pleno siglo XVII, cuando Felipe III intentaba sostener un imperio en bancarrota, su consejero de Hacienda, Baltasar Gil Imón de la Mota, pasó a la historia no por salvar dos veces a España de la ruina económica, sino por una anécdota que terminó marcando el castellano . De allí surgió la asociación entre “Gil” y “sus pollas”, que con el tiempo derivó en el insulto que hoy inunda bares, series y redes sociales.
Gil y sus