Los restos de un tal ciclón Erin levantan aquí olas enormes que se despliegan en tonos azules y verdes. A saber qué hizo este huracán en los arrecifes de coral rojo de las Bahamas, cuando acababa de nacer. Los movimientos que notaron en sus cuerpecitos las estrellas de mar o esos peces damisela que, al parecer, aletean con medio cuerpo amarillo y medio violeta. Aquí el azul espeso del oleaje gira con fuerza hacia el cielo y clarea hasta un verde diamante, casi translúcido, que acaba rompiendo en espumas blanquísimas. Otras olas más jóvenes llegan cruzadas y chocan entre ellas a contratiempo, jazzísticas, con ráfagas electrizantes, crestas temblorosas que nos ponen a mil.

Los bañistas desorientados, secos, vigilados por los guardacostas a golpe de silbato, vemos el espec­táculo desde la

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