En los años ochenta Bogotá y el país olía a dinamita y a miedo. La ciudad parecía moverse siempre entre la rutina del día a día de los bogotanos, el estallido inesperado de carros bombas frente a edificios y sicariatos de líderes políticos. El cartel de Medellín tenía el país sumido entre dramas y temores mientras exigía la firma de la no extradición por parte del gobierno del liberal Virgilio Barco que llevaba cuatro meses en el poder.

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En ese paisaje, pocos lugares sacaban a los bogotanos de esa amarga cotidianidad. El restaurante Pozzetto era uno de ellos. Mesas cubiertas con manteles blancos, un murmullo de copas de vino, música de piano de fondo y pastas con recetas italianas servidas en finas vajilla

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