Ojalá no me toque a mí. Eso lo piensa Martín Martínez cada vez que se entera de un muerto.
Cuando los ve en las noticias. Cuando le aparecen en redes sociales. Cuando alguien le cuenta de un fallecimiento. Lo pensó el 14 de febrero de 2019, al ver en televisión que una estudiante había fallecido: el auto en el que viajaba se volcó y quedó prensada.
Cuando entró al laboratorio de Funerarias Martínez , lo confirmó: tendría que preparar ese cuerpo. Niños, adolescentes, personas que se suicidan. Esos son los casos que preferiría nunca le tocaran.
Pero así es la vida de un embalsamador. La muerte no avisa. Nomás llega.
En un día normal, Martín cruza el umbral entre el estacionamiento de carrozas y un cuarto frío. El espacio, de paredes blancas que recuerdan a las de una sala de urgencias