Desde hace 17 años, Lorena Rodríguez vivía en un túnel oscuro. Diagnosticada con un trastorno mixto de ansiedad y depresión, esta enfermedad mental no era una simple tristeza, sino una fuerza invisible que le había robado la iniciativa, la alegría y hasta las ganas de realizar las tareas más básicas, como bañarse o vestirse. La vida cotidiana se había convertido en una cuesta imposible.

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Lorena lo había intentado todo, en una lucha desesperada y solitaria. “Yo lo había intentado todo: terapias psicológicas, cambios de religión, acercamientos espirituales, terapias alternativas, y una larga lista de psiquiatras y fármacos que mi cuerpo terminaba rechazando”, relató. Su ú

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