Son las tres de la tarde y el viento ligeramente ruidoso ya sopla en Laguna Grande, una caleta de pescadores que debe su nombre al cuerpo de agua marina formado naturalmente en este lugar. Verónica Canelo, una mujer de 47 años, tez cobriza y aspecto fornido, entra en el mar equipada de unas botas de jebe para jalar, a fuerza de músculo femenino, algunas algas que comienzan a varar. “Debo tener cuidado —apunta— porque en los últimos meses ya me ha picado siete veces un pastelillo”.
El Urotrygon chilensis , una especie de raya pequeña de unos 40 centímetros de largo, que lleva encima una hilera de púas, ronda por acá y a veces ataca sin compasión a cualquier otro ser vivo que se le acerque. “Te hace doler horrible”, dice Canelo, mientras el sol raja la piel y los sentidos, mientras contin