Cuando un plato o un ingrediente se pone de moda, pareciera que la creatividad colectiva se redujera a repetirlo como un mantra. Basta con que alguien saque una receta exitosa y, de repente, aparece en todas las cartas, vitrinas y redes sociales. Ya nos pasó con el volcán de chocolate, con el pulpo con papa, con los cupcakes y tantos otros que llegaron en oleadas y que se fueron desvaneciendo en silencio. Después llegó la fiebre del matcha y luego la de la tarta vasca, que se multiplicó hasta perder todo misterio. Y ahora vivimos la era del pistacho: todo se baña, rellena, pinta o espolvorea de verde.

El problema no es la tarta, ni el pistacho, ni el chocolate. Es la repetición que si bien puede ayudar al reconocimiento, también condena al aburrimiento. Es tentador dejarnos llevar por lo

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