Imagine por un momento el aullido de un animal que no se oye en la Tierra desde hace 10.000 años. La escena es potente, cinematográfica. Pero la ciencia, menos proclive al mito, dice otra cosa: lo que algunos celebran como “regreso” del lobo terrible no es una resurrección, sino un experimento de edición genética que replica rasgos de una especie ya desaparecida, y ese matiz cambia el debate: no se trata solo de si podemos, se trata de qué estamos haciendo realmente y para qué.
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El caso estalló con el anuncio del Colossal Biosciences –una empresa estadouniense de biotecnología e ingeniería genética que trabaja para desextinguir varios animales extintos–, que presentó a Rómul