La iniciativa diplomática presentada por la Administración estadounidense para detener la guerra en Ucrania no debe confundirse con un simple protocolo de alto el fuego; estamos ante una reconfiguración tectónica de la arquitectura de seguridad europea.
Este documento, nacido originalmente con 28 puntos y reducido cosméticamente a 18 tras las presiones de última hora en Ginebra, no es fruto del multilateralismo atlántico tradicional. Es el hijo bastardo de una convergencia de intereses entre el pragmatismo comercial de la nueva Casa Blanca y la paciencia estratégica del Kremlin. La inteligencia de fuente abierta nos ha revelado un hecho de gravedad inusitada: la colaboración directa en la redacción del borrador entre enviados estadounidenses y figuras clave del círculo íntimo de Vladim

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