De verdad entiendo la presión brutal que la Presidenta debe sentir todos los días por tener a su lado a un empleado ultra en Palacio Nacional . No es un asunto de género, es un asunto político. Imagine aguantar diario a un dogmático que siempre pulula a tan sólo unos cuantos pasos de la oficina presidencial. ¡Uf! Qué pesado tener que despachar al menos un par de veces por jornada (no, no es alusión, pero sí) con una especie de inquisidor que no sólo zarandea los hechos que consumirás, sino que fiscaliza lo que dirás, lo que harás, y hasta lo que eres, porque se siente ungido con la potestad de determinar si eres leal o no a su movimiento, al movimiento de Él, del Creador que lo ha dejado ahí, en los pasillos palaciegos, en calidad de representante, exégeta y verdugo.
Piénselo, lectora

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