Por: Oscar A. Viramontes Olivas

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El 26 de noviembre de 1919, cuando el alba todavía tanteaba la ciudad con dedos pálidos, el cortejo que llevaba el cuerpo del general Felipe Ángeles, se puso en marcha desde el centro de Chihuahua rumbo al Panteón de Dolores. No fue una procesión discreta, fue un río humano que avanzó con pasos quebrados, con manos blancas apretadas contra sus pechos, y con miradas que no sabían si mirar al cielo o al suelo. La ciudad entera pareció plegarse sobre sí misma, para acompañar a un hombre cuya ausencia, recién consumada, pesaba ya como una culpa colectiva. Aquella mañana, los rostros hablaban sin palabras, hablaban de pérdida, de bronca contenida, de incredulidad y de ternura rota.

Al salir del teatro donde se había escenificado la farsa d

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