
Esta historia podría empezar como empiezan los cuentos, así: “Había una vez…”. Pero la historia es real, sucede en tiempo real, los hermanos existen y el país que gobiernan, también. Resulta que dos hermanos se propusieron hacer una revolución en la Argentina y desde allí, al mundo. Hijos de un padre demasiado severo y una madre que asentía esa exigencia desde el silencio, Javier y Karina Milei –los hermanos– se criaron en un hogar de clase media ubicado en los márgenes de Buenos Aires. Él, apenas mayor, no se separaba de ella. A ambos les apasionaban los animales, sobre todo los perros. Los últimos años del secundario fueron a la misma escuela, una privada y de instrucción católica. Javier se destacaba como arquero en los torneos estudiantiles. Ella, que lo acompañaba en los entrenamientos, en las artes plásticas. Sus compañeros de clase los miraban de reojo. A él por excéntrico, porque usaba patillas y las botamangas del pantalón de uniforme dentro de las botas texanas. A ella porque llegaba tarde a los chistes, era mala en los deportes y peor en los estudios. Igual, sobrevivieron a esa adolescencia dura.
Javier dejó el arco, los guantes y el fútbol cuando pasó a liderar una banda de rock. El grupo se llamó Everest y hacía covers de los Rolling Stones. Los shows incluían una rutina de streaptease. La tarea de Karina, la hermana, consistía en atajar las ropas que volaban desde el escenario para ponerlas a salvo del tironeo de las fans. Muchos, pero muchos años después, esa escena se repetiría. Con una diferencia. Karina ya no cuidaría las espaldas del hermano, un adolescente que imitaba a Mick Jagger, sino a ese mismo hermano que es, desde 2023, el presidente de los y las argentinas. Karina ordena la custodia que acompaña al mandatario hasta el escenario y es ella –y solo ella– quien lo recibe con un abrazo. Es más que un ritual, es una cábala.
En la juventud, su camino se bifurcó apenas. Javier se inscribió en la carrera de Economía y Karina, en la de Relaciones Públicas. Dejaron la casa paterna, buscaron empleos. Él era asesor en un banco y ella, secretaria en una oficina. Javier daba clases en la universidad como ayudante en dos materias. Karina, a quien no le interesaba la economía, asistía a sus clases y lo escuchaba como una alumna más. Eran los albores de la década del noventa, gobernaba Carlos Saúl Menem y un peso argentino –la moneda local– equivalía a un dólar estadounidense.
Los años que siguieron fueron para los hermanos como los de cualquier joven argentino promedio que tuviera recursos: seguir estudiando, cambiar de lugar de trabajo. Karina se recibió de licenciada en Relaciones Públicas, hizo posgrado en Ceremonial y Protocolo, y un curso de Gestión Integral de Eventos. Era secretaria en un estudio jurídico. Javier se recibió de licenciado en Economía. Había sido una cursada difícil. No por su capacidad de estudio y comprensión –le sobraban ambas– sino por la desaprobación de Beto, su padre. En la previa de los exámenes, Beto solía decirle a su hijo que lo que hacía era “una mierda”, que él “no servía para nada”. Javier sentía que se había formado bajo una estructura clásica, keynesiana, en la que la inflación es multicausal, el Banco Central, necesario; y la intervención del Estado en la regulación de la economía, fundamental. Así que se inscribió en una maestría para estudiar la corriente keynesiana a fondo. Quería oponerse a esa tendencia que había dejado discípulos convencidos, pero solo después de haberlo estudiado todo sobre John Keynes. Hasta que en 2015 su destino –y por ende, el de su hermana–cambiaría para siempre.
En la tele, entre humoristas y vedettes
Javier había descubierto cierta facilidad para la divulgación académica, escribió ‘papers’ y algunos libros. Así llegó a la televisión. Hablaba de economía en programas de bajo rating y firmaba alguna columna de opinión en portales de noticias hasta que dio el batacazo. Invitado a Animales Sueltos, un ciclo de tevé de la medianoche, se descubrió ante los espectadores. Rodeado de humoristas y vedettes, un hombre de ojos claros y encendidos, vestido con un traje a rayas que le quedaba holgado, gritaba frente a las cámaras.
Él se enamoró de la televisión y la televisión de él: la presencia de Javier Milei en la pantalla aseguraba una suba en las mediciones de audiencia. Desde ese momento, el economista devenido famoso adoptó una frase que colocaría a la hermana como escudo protector, un filtro: “Hablalo con Kari”. Si algún conductor lo quería en su programa, entonces debía acordar antes con la hermana. Javier se volvió un conmutador cuya terminal acababa en Karina. Ella administraba su agenda y sus gastos, tenía un control absoluto sobre la vida del hermano mayor. No habían llegado al poder todavía, pero la forma de ejercerlo estaba en marcha. Para llegar a Javier antes había que pasar por Karina.
De panelista rendidor –vehemente, beligerante, siempre al borde del insulto o del infarto– a tuitero estrella, para 2018 Javier Milei estaba en todos lados. Era un economista “en contra”: en contra de Mauricio Macri, presidente entonces. Y era un economista ‘outsider’: mandaba a leer a autores de la escuela austríaca, pensadores de la era pre-Internet a los que (salvo un nicho de expertos) nadie conocía. Ella permanecía en las sombras de su hermano. Al tiempo que pautaba las apariciones mediáticas de Javier, Karina emprendía: vendía las tortas que ella misma hacía, bijouterie de segunda mano y ropa que conseguía directamente de fábrica. Se interesó, en ese tiempo, por la clarividencia y la adivinación. Tarot, conexión con energías, piedras protectoras, apertura de registros akáshicos, comunicación vivencial con animales –es decir, “hablar” con animales, animales vivos o muertos, animales enfermos o perdidos...–. Karina no solo quiso saber, aprendió todas esas técnicas y las puso en práctica.
Juntos montaron una obra de teatro, El consultorio de Milei. Era una parodia: en un consultorio de ficción, Javier haría de psicoanalista que contiene a su paciente, un hombre atormentado por la deriva económica en la Argentina. Karina se sumó después del estreno. Su papel era el de secretaria del psicoanalista, es decir, su hermano. Pero además ella se ocupaba de la producción, la difusión de la obra y de cobrar el borderó después de las funciones. Era 2019 y El consultorio de Milei convocaba a jóvenes que llegaban a la sala envueltos en banderas extrañas, amarillas y con la estampa de una serpiente enroscada sobre una leyenda que decía “no me pises”. Era la bandera del Partido Libertario, una agrupación sin ningún tipo de incidencia política. Sin embargo en su nombre había, escondida, una palabra: “libertad”. Sería, en muy poco tiempo, el abracadabra de los hermanos Milei. A esa altura, Javier repetía su pregón anti-Estado, cargaba contra empresarios, periodistas y sindicalistas, es decir, “la casta”. Karina apenas entendía de qué hablaba su hermano, pero fue la primera en advertir que en él había “un producto”. Javier era magnético. Y se dispuso a venderlo.
Javier era furor en televisión y una estrella en Twitter que cargaba contra todo aquel que opinara en favor de las políticas públicas. No generaba indignación, sino risa. Risa y fanáticos
Ah, los perros. Los perros, los perros. Cuando Karina dejó la casa paterna no se mudó sola. Su madre, Alicia, le regaló una ovejera alemán a la que bautizaron Sol. De ahí el nombre del emprendimiento de tortas, “Sol Sweets”. La perra murió y Karina volvió a mudarse. Como si se repitiera una premisa familiar, la madre le regaló a Aaron, un pastor suizo. “Aaron” no es solo el nombre de un animal de compañía, será una metáfora entre hermanos. Pero eso lo sabremos más adelante.
Javier, en tanto, convivía con al menos cuatro mastines ingleses, Murray, Milton, Robert y Lucas. Los nombres corresponden a sus autores preferidos. “Murray” por Murray Rothbard, padre del anarcocapitalismo. “Milton” por Milton Friedman, Nobel de Economía en 1976, divulgador de ideas libertarias en medios masivos de comunicación. “Robert” y “Lucas” por Robert Lucas, Nobel de Economía en 1995, especializado en macroeconomía. Todos estadounidenses, todos fallecidos. Y todos ellos, los perros, clones de Conan, el mastín que acompañó a Javier en sus épocas más oscuras, años marcados por la orfandad, el desamor y el desempleo. Conan habría muerto en 2017, pero Milei hablará de él en presente como si el animal estuviese vivo. El mastín original se volvería un símbolo para los hermanos. Pero para eso también falta un poco.
Javier era furor en televisión y una estrella en las redes sociales, sobre todo en Twitter. Con una buena cantidad de seguidores, cargaba contra todo aquel que opinara en favor de las políticas públicas estatales. Discutía de igual a igual con expertos, especialistas, académicos, famosos, funcionarios públicos y con usuarios anónimos, los escudados en avatares y seudónimos. Más tarde llegó a Instagram, una plataforma que también fue un lugar de encuentro con usuarios con los que compartía mirada y enemigos. El cepo cambiario, una medida que restringe la compra de divisas; y la inflación –que a su entender respondía a la impresión indiscriminada de billetes– eran sus ejes discursivos. Con un plus: desacreditar a su oponente. “Comunista”, “zurdo” e “hijo de puta” podían ir en la misma oración. Javier Milei no generaba indignación, sino risa. Risa y fanáticos.
De tuitero a diputado
Lo que sigue sucedió en muy poco tiempo, tres años nada más. Fue la ola que surfearon los hermanos, una ola que arrasó con todo. El 2020, el año de la pandemia, consolidó a Javier como un personaje popular que podía expedirse sobre economía, Covid y sexo tántrico en la misma entrevista. A finales de ese año decidió encarar una carrera política. Al cabo, era cierto que muchas personas adherían a su posición pero si su nombre no llegaba a las boletas electorales no había cómo votarlo. Karina alentó la aventura. Y fue ella la que armó la campaña que colocó a Javier, al año siguiente, en el Congreso de la Nación. Con el 17% de los votos de los vecinos de la Ciudad de Buenos Aires, Javier logró una banca. De panelista a tuitero, de tuitero a diputado nacional. En 2022, con más presencia en la televisión que en el Parlamento, Karina ideó la campaña presidencial que llevaría a su hermano, al año siguiente, a la Presidencia. Fue cuando la apodaron “El Jefe”.
En 2023 los argentinos en condiciones de votar fuimos a las urnas tres veces. Javier Milei y su compañera de fórmula, Victoria Villarruel, pasaron las primeras dos instancias electorales y obtuvieron el triunfo en el balotaje. Vencieron a Sergio Massa, el candidato propuesto por Cristina Fernández de Kirchner, es decir, el oficialista. A Milei y Villarruel los votó el 55,6% del padrón electoral. La Libertad Avanza no era, siquiera, un partido reconocido por la Justicia, sino un conjunto de organizaciones políticas pequeñas, marginales. Milei no tenía ni gobernadores provinciales ni alcaldes y, aunque logró que una buena cantidad de diputados y senadores entraran en el Congreso, serían minoría. Los ganadores no tenían ni búnker. El lugar de reunión política era un hotel porteño cinco estrellas, propiedad de un importante empresario hotelero, dueño de centros comerciales y, además, mentor religioso de Javier, Eduardo Elsztain.
Los perros, los perros. Los cinco mastines con sus hocicos y nombres están grabados en el bastón de mando de Javier. Nunca hasta ahora se ha tomado una foto oficial del Presidente junto a sus mascotas. La cantidad es incierta: ¿son cuatro perros? ¿Son cinco porque Conan vive? Aaron, el pastor suizo de Karina, murió en 2023, plena campaña presidencial. Algo explica el nombre del perro. En una entrevista en televisión
–cuándo no– Javier habló de su hermana. Para explicar la relación entre ambos, recurrió al Éxodo, un pasaje bíblico. De acuerdo al relato, Dios le había pedido a Moisés que liberara a los israelitas de Egipto, entonces sometidos a Faraón. Moisés sentía que “era torpe de boca” y por eso incapaz de cumplir la misión divina. Pidió a Dios que le enviara a alguien, alguien que pudiera transmitir el mensaje. Dios le señaló a su hermano, Aaron, dijo que él pondría en su boca las palabras y que fueran, juntos y tranquilos, a liberar al pueblo judío. “Bueno, Kari es Moisés y yo soy el que divulga, nada más”, cerró Javier ante la conductora.
¿Quién gobierna Argentina?
El 10 de diciembre de 2023, Javier asumió como Jefe de Estado y Karina, tomó juramento como Secretaria General de la Presidencia. Como cuando eran chicos, ella está donde él esté. Mientras Javier quiere que su nombre quede inscrito en la historia como “el primer presidente liberal-libertario del mundo”, la tarea de Karina es reforzar la proyección internacional de su hermano. No hay registro de que el primer mandatario haya viajado tanto al exterior sin motivos diplomáticos como en esta gestión de Gobierno. Los hermanos saludaron a Elon Musk en Texas, un empresario especialmente interesado en el litio. En un inglés rudimentario, el presidente le agradeció al fundador de Tesla y flamante dueño de X “por todo lo que hace en el mundo”. El traductor le presentó a Karina: “This is the sister”. Javier, urgido, aclaró a Musk: “The boss”, El Jefe. En el primer año de Gobierno, Karina se instaló como la dueña del látigo. Y si el látigo no funciona, afila la guillotina. Desgasta funcionarios, los echa. Esa es la forma en la que la hermana despliega su rol. Javier habla, ella no. A diferencia de su hermano, la Secretaria General no da entrevistas.
Para estrechar la mano de los creadores de unicornios, los que ahora brillan en la reducida galaxia de multimillonarios, a veces no hace falta trasladarse. A los hermanos los visitan quienes dominan Silicon Valley. Un caso: Peter Thiel, fundador de Paypal, un viejo conocido de Musk, y asesor de Donald Trump, pisó al menos dos veces la Casa Rosada. La última vez no hubo comunicado oficial. Y puede ocurrir que trasladarse no sea necesario porque el tecno-rico aparece en video, mirando a cámara. Como Mark Zuckerberg, que envió un mensaje grabado para presentar Llama 3, un modelo de lenguaje avanzado de Meta, “el poder de la inteligencia artificial para construir soluciones innovadores”, dijo.
Litio, el oro blanco
Con su minoría en el Congreso, y tras meses de negociaciones, idas y vueltas y debate parlamentario, La Libertad Avanza logró la aprobación de la Ley Bases, un paquete de normas que incluye un sistema conocido por sus siglas, RIGI. El Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones busca captar financiamiento extranjero. El “incentivo” para las corporaciones interesadas es exceptuarlas del pago de impuestos, además de una serie de beneficios cambiarios y aduaneros. Argentina se convirtió, de la mano del mileísmo, en el paraíso de la economía extractivista con privilegios para el capital foráneo. En el norte del país, nuestra Puna, hay una gran reserva de litio, el “oro blanco”. Por las condiciones de suelo y clima, Argentina se volvió un lugar propicio para los clusters de almacenamiento de datos en los que se procesa información a alta velocidad. Musk, Thiel, Zuckerberg: sean bienvenidos, esta también es su Patria.
Había una vez… Dos hermanos, hijos de un chofer de colectivos devenido empresario del transporte y una ama de casa, criados entre perros, despreciados por sus compañeros de escuela. Los Milei: ella que siempre fue una secretaria y él, un economista apenas licenciado cuyo máximo puesto en una empresa fue como asesor. Con hijos perrunos, sin hijos biológicos. Sin marido, sin esposa. Él abrió su camino a fuerza de un discurso innovador y violento. Ella iba tras él desmalezando la ruta que lo ubicó en el lugar supremo de Poder. Un Jefe de Estado que se define como “un topo del Estado”: su deseo es destruir la estructura para la que fue, democráticamente, elegido. Javier y Karina, dos hermanos con una trayectoria de vida muy parecida a la de cualquier argentino con estudios medios, trabajadores, de clase media: son comunes. Ellos, los que sin biografía política hacen su revolución desde Argentina al mundo. Podría ser un cuento. Podría, pero no.