La profesora Ocarina Castillo le ha dedicado gran parte de la vida a la docencia, aplicando su oficio de antropólogo a la gastronomía.
El municipio de su niñez fue Catia. Su primera memoria tiene que ver con las cuestas que nivelaban el caminar por las aceras de la parroquia Sucre. Como buena investigadora, observar los contrastes le apasiona, ya sea a través de los sabores que siente el paladar o se experimentan en el transcurrir de este país donde es difícil aburrirse.
Con sus canas onduladas y latiendo ideas inspiradas por la sazón de un chocolate caliente, esta cátedra hecha mujer nos enseña que:
La memoria o la vida nos permiten tener una visión de la complejidad del mundo, y que hasta lo más elemental tiene su complejidad.
Los años dan capacidad para captar y dejarse seducir por