Por José Castro

Hay historias que deberían estremecernos a todos. No por su crudeza, sino porque ocurren frente a nuestros ojos, mientras instituciones enteras se empeñan en guardar silencio.

La muerte de Joel Lisandro, un adolescente yucateco asesinado dentro de un restaurante en Tulum, no es solo una tragedia individual: es el síntoma de un modelo de explotación criminal que se nutre de la necesidad, la pobreza y el abandono.

Lo que sabemos —por testimonios y señalamientos que aún deben ser esclarecidos por las autoridades— es que Joel no llegó a Tulum por decisión propia. Fue reclutado bajo engaños, como tantos jóvenes que crecen creyendo que cualquier oportunidad es mejor que la miseria que los rodea. Le prometieron trabajo de albañilería, le prometieron estabilidad. En su lugar,

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