La última semana de agosto tiene una melancolía esquiva. El verano claudica sin estrépito: solo agosto sabe acabarse así, de puro cansancio. Por fin la sensación de frescor tras las primeras lluvias; la mano se extiende por la noche en busca de la sábana. Los días sin prisa se marchan. Queda una inmensa tierra quemada, como dibujada al carboncillo, de la extensión de Mallorca.
Este mes hubo dos Españas devoradas: una por las masas de turistas, otra por las masas forestales reducidas a cenizas. El calor extremo, los vientos imprevisibles, la baja humedad y la abundancia previa de lluvias actuaron como catalizador de los incendios, pero el problema no es solo el cambio climático, y mucho menos los pirómanos. El medio rural se ha vaciado de sus cuidadores. El fuego incontrolable nos habla